EL BAR DE LA ESQUINA
En el bar de la esquina
corrían todos los vientos del invierno.
Al mediodía del sábado vivíamos en la barra,
cercados en el confín silencioso del marino portugués.
Cervezas y tabaco; regusto de carne picante
que guisaba El Kiko en su reserva, generoso.
Apretados, musculosos, morenos de albañil
o de mar caldeado, eran tipos de almas blandas
escondidas en arquitecturas tintadas
de ofuscado deseo.
Les queríamos.
Cuando El Camarón se dolía en la cinta
casi lloraba El Kiko de tanta verdad,
y el marinerito, con su mirar cerrado, se atrevía
a una réplica de olor atlántico apenas mencionada.
Nos calaron sus corazones heridos de ignorancia,
de tanto no comprender, de descuido.
Por eso las cervezas,
por sana compasión.
Ahora El Kiko viene y va con permisos de leve cordura.
Aún en sus ojos la bondad perdura, y en su piel la tinta
recuerda.
Y el marinerito…
para siempre navegó.
martes, 13 de octubre de 2009
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